Aladino (Cuento Disney) ® Chiquipedia

Aladino

La historia legendaria de Aladino empieza en el Lejano Levante, hace muchos años atrás. En la plaza de una urbe, un chaval menudo se la pasaba todo el día buscando comida para y para su madre. Cierta tarde, se le aproximó un señor de aire abstemio y indumentaria muy elegante:

“Aladino. Aun no me reconozcas, soy tu tío. Todos estos años me hallaba navegando por los mares y he llegado a amontonar una enorme riqueza, hoy deseo asistirte a ti y a tu madre. Ven conmigo”.

Dicho aquello, el enigmático señor salió caminando cara los extramuros de la urbe, y Aladino decidió proseguirlo por curiosidad, mas asimismo por todas y cada una de las cosas buenas que le habían novio. En el momento que llevaban un buen lapso caminando, el chaval se percató de que su supuesto tío lo había llevado cara un sitio apartado del desierto lugar desde donde no se percibían las edificaciones de la urbe.

A continuación de durar un ciclo en silencio, el enigmático señor pronunció unas palabras extrañas levantando los brazos, y inesperadamente, el anfiteatro empezó a abrirse para entregar paso a un estrecho, mas obscuro boquete. Aladino, sorprendido, no hacía otra ente que mirar con los ojos bien abiertos todo cuanto sucedía.

“Querido sobrino, como puedes ver, ese boquete es asaz estrecho y apenas puedo entrar. En cambio, si puedes hacerlo, con lo que ayúdame y búsqueda en su interior una vieja lámpara de óleo. Anda, tráemela”

Aladino escuchó con cautela aquellas palabras, mas con semejante de acoger el auxilio que le prometían, se adentró exento pensarlo en la abertura inclusive descubrir un estrecho y obscuro corredor. Después de deambular por unos minutos, el joven arribó a una gruta subterránea llena de joyas, piedras bellas y todo la riquezas del planeta que no hubiera sido capaz de imaginar. En el fondo de la gruta, se hallaba el faro de óleo que su tío le había encargo.

Con gran actividad, Aladino brincó a través de los cofres de joyas y agarró el foco, mas en ese instante, sintió que el suelo tremía bajo sus pies. El sitio daba la sensación de que iba a desmoronarse de un instante a distinto, con lo que el chaval se dispuso a irse antes que externamente excesivo tarde. Una vez en la entrada de nuevo, el señor de hábito muy elegante le esperaba:

“Dame el foco, chico. Apresúrate”

“Por atención, tío. Ayúdame a salir primero de este sitio”

“No seas imbécil. Entrégame el flexo o bien vas a morir”

Mas no había completar de decir aquellas palabras el señor en el momento que la abertura enigmático se cerró por completo, dejando preso a Aladino en la total obscuridad. Encolerizado y con temor, el chaval se lamentaba de su suerte en el momento que de repente, agarró en medio de sus manos el foco y la acarició fortuitamente.

Al instante, apareció frente al muchacho una figura especial rodeada por una luz blanca. “Dueño, soy el genio de el foco y tus deseos son órdenes para mí”. “¡Completo!” – exclamó Aladino – “Deseo tornar a casa”. De esa forma, no tardó más de un auxiliar a fin de que el beneficiado chico se encontrará acoplado su madre. Naturalmente, anteriormente de partir, se había afianzado de ocupar sus bolsillos de joyas y piedras bellas, y al llegar a casa pudo reunirse con su madre y contarle todo lo suceso.

Transcurrido el tiempo, Aladino pudo vivir de forma cómoda merced a las joyas que había afónico de la gruta, mas un buen día, mientras que se hallaba en el mercado de la urbe, conoció a una preciosa joven que resultó ser la hija del Emperador. Amado profundamente de el encanto de la princesa, Aladino decidió cepillar el flexo de nuevo para solicitarle al genio que le concediera todo género de riquezas, carruajes finos y una masa de soldados.

De este modo lo hizo entonces su leal chico, y esa tarde partió la chavea rumbo al mansión para implorar la mano de la princesa en matrimonio. Naturalmente, la princesa además se enamoró de Aladino tan pronto lo vio, y de esa forma, el Monarca accedió con diversión a festejar una alianza real por todo lo alto.

Múltiples años en seguida, mientras que Aladino vivía afortunadamente con su consorte en la vivienda, se aproximó un buen día un mendigo a las puertas reales pidiendo dádiva. La princesa, al verlo, no vaciló un auxiliar en llevarle poco de comida y ropas. Escaso, lo que no sabía, era que aquel mendigo se trataba del tío bellaco de Aladino, y su deseo no era otra que la de retener a la princesa para demandar a cambio el flexo fantástica.

Al enterarse de lo suceso, Aladino tuvo una idea excelente, y en el momento que al fin se halló con su tío, le ofreció el flexo a cambio de su amada compañera. En el tiempo que la princesa se hallaba a salvo, el señor depravado frotó el faro para demandar que Aladino perdiese su riqueza y su bonanza, mas aquella lámpara no era mágica, sino había sido engañado, y de esa forma los guardas consiguieron apresarlo y ponerlo bajo guardia por siempre.

Una vez juntos y felices, Aladino y la princesa regresaron al alcázar, y vivieron el resto de sus días demasiado enamorados.

Aladino

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